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Mi experiencia con la muerte

Morir. Muerte.
¿Cómo vamos a entender la muerte si no nos han preparado para ella, si no hablamos de ella, si hasta mencionar la palabra cuesta?

Mi experiencia personal con la muerte había sido muy poca, he tenido la fortuna de tener a la gente que quiero conmigo, pero ahora me queda claro que cuando llega no avisa.
Siempre tuve temor de este momento. Pensar en la posibilidad de despedirme de mi mamá y saber que no iba a estar nunca más conmigo en esta vida terrenal me llenaba de tristeza, de solo pensarlo me daba escalofrío, pero como es algo inevitable, iba a pasar y pasó. 

Cómo no sentir un dolor profundo si nacimos de ese cuerpo, vivimos en él durante 9 meses y recibimos sus cuidados, amor incondicional, formación, consejos, somos una extensión suya y se nos va para siempre. Talvez la podamos sentir claro, pero no la podemos tocar, ver, cuidar, besar, oír su voz, hacer las cosas que nos parecen más triviales, pero que cuando ya no está se vuelven espectaculares, como chismosear de la farándula, comerse un helado, hablar de las noticias, del clima, del trabajo que queremos, de cuál ropa ponernos en tal fiesta, en fin, de la vida.

En el caso de mi mamá la muerte llegó para liberarla de un cuerpo cansado y desgastado por una enfermedad rara, relativamente nueva y muy traicionera: El Síndrome Antifosfolípidos o Síndrome de Hughes. Es una enfermedad autoinmune, degenerativa, que afecta directamente la coagulación en la sangre y por lo tanto puede llegar a dañar el sistema nervioso, el corazón y los vasos sanguíneos, las células sanguíneas, los riñones, la piel, los ojos, el sistema gastrointestinal y el equilibrio electroquímico del cerebro, o sea, casi todo por no decir todo. 
Dejar a un lado lo que yo sentía por pensar en la posibilidad de no tenerla cerquita y considerar tan siquiera la opción de su muerte, me atormentó muchas veces porque no sabía si le estaba pidiendo lo correcto a Dios.
Ese pensamiento de súplica se formó por primera vez en mi cabeza en una hospitalización que tuvo en el 2011. Yo llegué de viaje al hospital y ella estaba consciente, lúcida, con la capacidad lingüística perfecta y  llorando porque llevaba varios minutos peleando (literalmente) con el sandwich del desayuno porque tenía hambre y no lo podía agarrar, su cerebro le daba la orden, pero la parte motriz no respondía. Yo sólo sonreí y con uno de mis chistes malos traté de que se sintiera un poco mejor y con un amor que se me desbordaba del corazón le di el desayuno con mis manos. Pasé todo el día con ella, hablamos mucho, me explicó todo lo que sentía físicamente, la dejé dormidita y me fui.
Busqué al médico, hablé con él, me explicó en qué consistía la enfermedad y fue muy claro en que no había nada que hacer, que lo único que podíamos esperar era que empeorara. ¿Cuánto se iba a demorar el deterioro? Ni idea, era cuestión de suerte. Me acuerdo que esa noche salí, me subí en el taxi y por primera vez le pregunté a Dios: ¿Por qué no te la llevas?
¿Y si pensar en su liberación y descanso me estaba convirtiendo en un ser humano horrible y desalmado? ¿Y si lo que tenía que hacer era pedirle que no se la llevara a pesar de su condición? Después de todo era mi mamá!... al final, después de todos esos cuestionamientos, siempre llegaba a la conclusión de que no quería verla sufrir más, de que la mujer llena de vida, sana y feliz con la que crecí se estaba desvaneciendo con los días y que no era justo porque esa no era una vida digna, era horrible, llena de incomodidades y de limitaciones. Así que el 20 de febrero, cuando entró a cuidados intensivos por una bacteria que se aprovechó de su cuerpo sin defensas, decidí meditar conectándome con su espíritu y le pedí a Dios en nombre del amor por la liberación de ese cuerpo que se estaba fundiendo poco a poco. En esa meditación recordé junto con ella tantos y tantos momentos importantes que vivimos juntas. Tengo buena memoria, recuerdo con facilidad olores, sabores, momentos, imágenes como si fueran fotos, así que se podrán imaginar el viaje que nos metimos. 
Momentos de bebé cuando me daba el caldito de los fríjoles que me parecía muy salado y ella le echaba plátano maduro para suavizarlo un poco. Su manera de despertarme en las mañanas antes de ir al colegio con los traguitos de chocolate y un "tesoro" o "mi amor" en sus labios. El olor del dulce de guayaba que tenía la casa cuando llegaba por las tardes del colegio por la mermelada que me hacía..Todas las nochecitas que íbamos caminando a la tienda de don Leonardo, recién llegamos a Bogotá, a comprar la lonchera del otro día:  Pony Malta o néctar de durazno California, sandwich de jamón y queso y arroz con leche.  La primera vez que hice mi debut como solista en el coro del colegio a los 8 años con "Que Canten los Niños, de Jose Luis Perales" y ella llegó apurada cuando ya todo el mundo estaba sentado porque había pedido permiso en su trabajo. Las clases de música, canto, teatro y danza que me pagaba con tanto esfuerzo. La alcahuetería con la tarea de costura que exigían las monjas (porque yo salí negada) y ella en lugar de regañarme le pagaba a una vecina para que me cosiera un poquito cada semana y no perdiera la materia. Las tardes de domingo arrunchadas viendo televisión. Los ataques de cosquillas. Las alas que me dio para volar... en fin, sólo por mencionar algunas cosas. Y al hacer este viaje juntas esa noche por nuestras vidas, llorando le dije que se fuera tranquila, que la amaba más que a nadie, que me iba a doler muchísimo que se me adelantara en el viaje, pero que iba a buscar fortaleza en su liberación y su felicidad después de tanto y tanto sufrimiento físico que había padecido en estos últimos cinco años y tanto sufrimiento en el alma por cosas que no viene al caso mencionar.
Y así fue, Dios escuchó mis oraciones y partió en la madrugada del viernes 22 de febrero.

Hoy, que es una realidad que no está, mi humanidad llora su ausencia, tengo una constante sensación de vacío en el estómago, pero me reconforta saber que está mejor. Yo no sé cuánto va a durar esta sensación, supongo que nunca se irá del todo porque voy a extrañar su presencia física cada día de cada año hasta que me toque mi turno de partir, pero por otro lado siento que ahora estamos más cerca que nunca, que al estar en ese plano espiritual ya no existe ningún tipo de traba para comunicarnos, ahora ella sabe bien lo que siento y lo que pienso, ahora no necesito un teléfono, ni un avión,  ni dependo de su estado de salud para hablar de lo que quiera con ella, y esa percepción de cercanía me hace sentir protegida.

Mami, tía Gaby y yo
Pero sin esperarlo, ese fin de semana de febrero, la muerte tenía planeado visitarme dos veces. Mi mamá se fue el viernes y el sábado, de un modo totalmente imprevisto se fue alguien muy cercano a ella, su hermana, mi tía Gaby. 
Los sentimientos que tengo en el corazón y los recuerdos de Gaby son dulces como la miel. Pienso en ella y se me dibuja una sonrisa. Tuve la fortuna de pasar muchos momentos de mi niñez y mi adolescencia con ella porque me abrió las puertas de su casa y de su familia haciéndome sentir una más,  mis primos son como mis hermanos. No tengo un sólo mal recuerdo de ella, ni una mala cara, un regaño, un momento que opaque ese ser humano lleno de luz, lleno de vida, de planes, de alegría, lleno de Dios, porque eso es Dios: Amor.
Por razones aún incomprensibles para todos, porque no tenía ninguna enfermedad previa, ninguna condición cardiaca, después de dos días de comprobar con todos los exámenes posibles que estaba bien, le dio un infarto fulminante y ese corazón de oro dejó de funcionar, simplemente así, sin avisar, sin importar que estábamos viviendo el dolor de la partida de mi mamá, en menos de 24 horas la muerte se estaba llevando a dos de mis personas favoritas, a dos de mis amores.
Al parecer no terminamos de entender que la cosa es así, que todos nos vamos a morir, que no tenemos la vida comprada por el tiempo que queramos o que nos convenga, no señor, es cuando es, ni antes, ni después, aunque no lo entendamos, aunque nos duela.

¿Qué más puedo decir? Que el dolor de tener que decir adiós a dos personas que amamos el mismo día es indescriptible, que uno de momento piensa que no es capaz de aguantar tanto dolor al tiempo, que ahora entiendo cuando uno ve gente que se desmaya en una situación así porque, a mí no me pasó, pero sentí que me temblaron las piernas, que las manos me sudaban, que el corazón se me aceleraba y que simplemente no iba a poder con eso. Que es mejor estar a paz y salvo con la gente que amamos hoy, que es mejor sembrar cosas buenas en la memoria del corazón aquí y ahora, para que cuando llegue el turno de partir no tengamos remordimientos ni culpas.

Mi conclusión es que vivir es bonito pero morir también debe serlo. La sensación de paz y de libertad deben ser absolutas. Se despoja uno de todo lo que le pesa, de todo lo que le sobra, de todo lo que le estorba. No debe existir ego, ni defectos, ni sufrimientos de ningún tipo, debe ser riquísimo. 

Mami, tía Gaby: Mientras estén en mi corazón permanecerán vivas y confío en que nos encontraremos en ese lugar donde todo es bonito. Las amo hoy y siempre!


Comments

  1. Dulce Claudia, un abrazo enorme.

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  2. Claudia querida, me has hecho emocionarme y me has dado un toque de reconciliación con la muerte, esa que nos anda buscando a todos y que tarde o temprano nos va a encontrar, así es que es mejor que nos pille en paz con nosotros y con todo el universo. Gracias por estas hermosísimas reflexiones.

    Alberto Plaza

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  3. Querido Alberto, me hace bien saber que de alguna manera mis reflexiones generan un efecto positivo. Gracias por tomarte el tiempo de leerme.

    Un abrazo.

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  4. yo siempre me pongo mal de pensar en la muerte y este miedo empezo muy recientemente que puedo hacer para no atormentarme mas este sentimiento me pone cada vez peor

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    Replies
    1. Querido anónimo, primero que todo gracias por leerme!
      Creo que el miedo, en cualquier circunstancia, no nos deja ver la realidad y el miedo a morirse no es la excepción, además no creo que seas el único que lo tiene. Creo que se siente porque es algo de lo que no tenemos certeza, no sabemos cuando nos vamos a morir, ni a dónde nos vamos.
      Como escribí anteriormente, yo creo que morirse debe ser bonito y quién puede tener miedo o rechazo de ir a un lugar bonito?
      Pensar positivamente siempre es la mejor manera de vivir.
      Mis mejores deseos de que tus pensamientos positivos se activen.

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  5. Hola Clau, supe de lo de tu mami y tu tia por Barbara, y te acompanio porque 2 meses mas tarde me toco a mi. Esta refrexion que haces es muy cierta y me da un poco de aliento, ya que mi mama se fue de una manera no tan tranquila como la tuya, pero igual cuando toca toca. Es un sinsabor casi que inexplicable, llegara el momento en el que realmente entendamos el porque de todas estas cosas.
    Un abrazo!

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